miércoles, 18 de agosto de 2010

Lluvia

Viento, tormenta, lluvia, olor a tierra mojada…Son tantos recuerdos, pero solo me acuerdo de esa tarde en concreto.
Estábamos sentados en el césped, estudiando. Hacía viento y se nos volaban los folios escritos con apuntes y hacia pasar las hojas del libro a toda prisa. Nos mirábamos mientras intentábamos que los apuntes no se volasen, o suspenderíamos los exámenes.
A lo lejos, se veían nubes negras que acechaban con chafarnos la tarde de estudio improvisada en el césped, y cómo no, al poco rato, lo hicieron. Empezó a chispear y poco a poco nos íbamos mojando, con cada gota un poco más. Me miraste, te devolví la mirada y tú, tu típica sonrisa de picardía. Sabía exactamente lo que ibas a hacer, y yo, no hice nada por impedírtelo. Es más, estaba deseando de que lo hicieses.
Salvaste la poca distancia que había entre nosotros y te bastó solo una mirada, para después, lanzarte a darme un beso. Tus labios mojados resbalando por los míos, al igual que lo hacían tus manos por mi cintura. Nos separamos apenas unos centímetros para clavarnos la mirada durante una fracción de segundo y nos abalanzamos el uno contra el otro en busca de los labios en un frenesí. No tardaste en cogerme de las muñecas, pegarme al suelo para que no me moviese y ponerte enfrente de mí. El olor a tierra mojada era mucho más patente ahora que antes, la hierba mojada en contacto con mis brazos, mis manos, a pesar de que me las estuvieses sujetando con una mano, completamente empapada…
Tu mirada lo decía todo. Era en las únicas ocasiones en las que podía ver dentro de ti, las únicas ocasiones en las que te veía venir de lejos. Y me encantaba. Me encantaban esos momentos en los que no ponías ese pequeño velo y podía ver que estabas pensando, pero tengo que reconocer que me gustaban más aún aquellos en los que no era capaz de descifrar lo que estabas pensando, era como perderme en un mar de matices dorados.
Y allí nos quedamos, empapándonos cada vez, calados hasta los huesos pero sin el mínimo atisbo de frio, al contrario, si no hubiese sido porque escuchamos voces, hubiésemos acabado sin ropa allí mismo.